La autoestima es la forma en que nos valoramos. A menudo es frágil, porque depende de factores externos: los juicios de los demás, los éxitos, los fracasos. Cuando nos equivocamos, nuestra voz interna se convierte en un crítico severo. Empezamos a decirnos que no valemos lo suficiente, que no estamos a la altura. El mindfulness interviene precisamente en este diálogo interior. En lugar de creer en cada pensamiento negativo, aprendemos a observarlo. Lo reconocemos como un evento mental, no como una verdad absoluta. Esto crea un distanciamiento saludable que reduce el poder de las críticas.

Con el mindfulness, aprendemos a tratarnos con amabilidad. Cultivamos una atención amorosa hacia nosotros mismos, similar a la que ofreceríamos a un amigo. Aceptamos nuestros límites sin identificarnos con ellos. Reconocemos que cometer errores no nos hace equivocados: nos hace humanos. La práctica nos ayuda a dejar de compararnos con los demás. Cada persona tiene su propio camino, y la comparación es casi siempre injusta. Nos concentramos en cambio en nuestros pequeños progresos cotidianos. Aprendemos a celebrar los pasos adelante, por modestos que sean.

El mindfulness nos reconecta con el cuerpo y sus señales. A menudo, la baja autoestima se acompaña de una sensación de vacío o tensión. Escuchando al cuerpo, redescubrimos un sentido de presencia y de valor intrínseco. Estamos vivos, estamos aquí, y eso ya es significativo en sí mismo. La práctica nos enseña también a reconocer nuestras necesidades y a respetarlas. Cuando decimos “sí” a lo que nos hace bien y “no” a lo que nos daña, afirmamos nuestra dignidad. La autoestima no se convierte entonces en un objetivo por alcanzar, sino en una forma de ser. Es la conciencia de que nuestro valor no depende de nada externo. Ya existe, aquí y ahora, en cada respiración que damos.