
El término, a primera vista, no nos ayuda mucho. Proviene del latín meditari, que significa, entre otras cosas, ‘practicar asiduamente’. Así que la meditación es algo que se hace asiduamente. La palabra nos dice todo acerca de la frecuencia con que debe hacerse, pero nada acerca de lo que concretamente se hace. Es como un billete en el que está escrito el horario del tren pero no el andén, la estación o la ciudad desde la que parte. Y sin embargo, la misma vaguedad del término ‘meditación’ es en realidad muy útil. Porque nos deja desde el principio cierta libertad de elección. Nos deja decidir por nosotros mismos qué andén queremos, qué estación, qué ciudad. Nos permite comenzar nuestro viaje sin demasiados prejuicios y sin demasiadas expectativas. Nos permite viajar, pero sin imponernos un determinado punto de partida, una determinada forma de desplazarnos o una determinada meta. Nos permite viajar, pero sin un itinerario rígidamente preestablecido. Nos permite viajar, pero no nos promete lo imposible, no nos da garantías ilusorias, no nos pide nada más que pedirnos algo a nosotros mismos. De modo que la meditación no es ni un credo ni un dogma. Tal vez oigan decir a los seguidores de esta o aquella escuela o tradición espiritual o esotérica que su método es el mejor y que si siguen otro, han entendido mal. Tal vez les digan que tienen el monopolio de una verdad vedada a todos los demás. Pero si en lugar de a los seguidores escuchan a los fundadores de estas tradiciones, descubrirán que normalmente no decían nada de eso. Enseñaban un método, un sendero, pero raramente denigraban los de otros. Y si se toman la molestia de examinarlos uno por uno (cosa que hacen pocos), se darán cuenta de que a lo lejos, cerca de la cima, los diferentes caminos parecen encontrarse y fusionarse, aunque hacia dónde vaya a parar ese único sendero, tendrán que descubrirlo por sí mismos a su debido tiempo.