
Pero, ¿qué sabemos de estos “beneficios secundarios”? ¿Nuestros conocimientos se basan en los resultados de la investigación científica y en la casuística médica, o simplemente en anécdotas y en las afirmaciones de los maestros de meditación? En realidad, la investigación y la observación clínica en este campo coinciden hoy en día en identificar una amplia gama de beneficios potencialmente derivados de una práctica regular de la meditación. Veamos algunos:
Disminución de:
- tensión nerviosa y ansiedad
- trastornos físicos relacionados con el estrés, como presión arterial alta, palpitaciones y anomalías del ritmo cardíaco, insomnio, tartamudez, migrañas tensionales
- dependencia física y psicológica de medicamentos y drogas
- depresión, irritabilidad y otros estados psicológicos negativos
Aumento de:
- sentimientos de paz, optimismo y autoestima
- creatividad, eficiencia, productividad y energía
- distensión emocional, espontaneidad y contacto con la dimensión afectiva
- acceso al inconsciente, a los recuerdos y a las aspiraciones reprimidas
- independencia, autodisciplina y sentido de identidad.
Además, se ha visto que la meditación puede mejorar el rendimiento de la memoria y la concentración, ampliar el alcance de la atención y promover el desarrollo de la paciencia y la ecuanimidad. Algunos estudios también han destacado su utilidad en el abordaje del dolor físico crónico. Los sujetos refieren haber cambiado de actitud frente al dolor, que el dolor ya no es “tan invasivo” y que ya no monopoliza su atención.