El carácter “abierto” de la palabra “meditación” significa que, antes de embarcarse en este viaje (o incluso si ya han recorrido un buen tramo del camino), conviene que se detengan a reflexionar sobre la motivación que los impulsa a hacerlo.

Tal vez hayan oído decir que la meditación ayuda a volverse más calmados, más tranquilos, menos ansiosos. Tal vez hayan oído hablar de los beneficios físicos que se obtienen en términos de reducción de la presión arterial, prevención del infarto y de los trastornos relacionados con el estrés. Tal vez hayan oído decir que conduce a la paz mental, que otorga poderes psíquicos, que hace felices o incluso iluminados (sea lo que sea que eso signifique para ustedes). O tal vez que puede ayudarles a prescindir de las drogas, a aumentar su capacidad de concentración, a desarrollar la creatividad, a incrementar la autoaceptación, a volverse más amorosos y disponibles hacia los demás. O incluso que puede ayudarles a mantenerse jóvenes, a vivir más tiempo, a vencer el insomnio, a tolerar mejor el dolor. O que hace volverse más inteligentes, o más guapos, o más poderosos, que ayuda a hacer carrera o a volverse sabios. O tal vez no saben nada de todo esto, sino que simplemente están fascinados por esas imágenes de yoguis y yoguinis, o de monjes y monjas budistas, sentados con las piernas cruzadas y los ojos entrecerrados fijos en el vacío, y sienten curiosidad por saber qué ven.

Examinen atentamente estas motivaciones, no porque deban tenerlas claras en la mente, no porque una sea correcta y todas las demás equivocadas, sino simplemente porque, después de haberlas constatado, puedan amablemente dejarlas a un lado.

Es cierto que la meditación puede darles estas cosas, algunas o incluso todas. Pero viajarán más seguros si comienzan su viaje, su práctica meditativa, con una mente abierta a la experiencia, con una mente menos interesada en la meta que en el hecho mismo de viajar. Con una mente que se limita a tomar nota de las etapas que encuentra, que honra a cada una con su atención pero que luego, sin vanagloriarse demasiado por haber “llegado”, se niega a quedarse allí y sigue adelante simplemente por su camino.

Con este espíritu, la meditación es considerada un maestro, más que un servidor. La meditación no les impone nada, pero, por otro lado, no acepta imposiciones.

Si parten provistos de un imaginario billete con el destino impreso y todo tipo de garantías, y quizás con un billete de vuelta por si acaso, una vez llegados, no quedaran satisfechos, no solo no llegarán a donde quieren, sino que incluso correrán el riesgo de quedarse en el punto de partida.